La confesión de Pipe Bueno reabrió un debate en Colombia sobre la adicción a las drogas, el alcohol y sus efectos más allá de quien enfrenta la enfermedad. SEMANA habló con expertos sobre rehabilitación, salud mental y protección de menores de edad en entornos de consumo de sustancias.
En el pódcast Los hombres sí lloran, dirigido por Juan Pablo Raba, el cantante Pipe Bueno relató un proceso personal que, según sus palabras, llegó a un punto crítico. “En el género en el que yo canto, el licor es pan de cada día. El género está hecho para el consumo de licor. A mí me ha gustado el licor, la verdad, y de unos años para atrás el consumo empezó a crecer y ya en el último año se empezó a exacerbar este problema”.
También habló de la relación entre consumo y emociones: “Yo me desconocí. Si no estaba borracho, estaba drogado. Se me empiezan a salir de control las emociones y, para no gestionarlas, siempre estaba en un estado alterado de la conciencia”. El cantante popular también llevó el relato al ámbito familiar: “Lo que te estoy diciendo de las drogas no fue que me volé de rumba, no fue un sábado o un viernes con mis amigos. Fue en mi casa, al lado de mis hijos, después de un desayuno. Muy fuerte”.
A partir de su exposición sobre las adicciones, de las que aseguró estar trabajando con un equipo profesional, SEMANA consultó a expertos para entender lo que implica una enfermedad de este tipo, por qué la recuperación exige un trabajo permanente y qué ocurre cuando hay menores de edad expuestos a un entorno familiar marcado por el consumo.
Narcóticos Anónimos es una confraternidad mundial presente en 150 países y con 73 años de trayectoria. En Colombia lleva alrededor de 43 años y, según su coordinador de Relaciones Públicas, ha crecido hasta ser un recurso dentro de la ruta de salud mental del Estado colombiano.
La organización plantea que la adicción debe abordarse de manera integral, no solamente desde las consecuencias físicas. “La enfermedad de la adicción tiene cuatro frentes: el físico, el mental, el emocional y el espiritual; esos cuatro frentes son los que en el programa se trabajan para que un adicto tenga un equilibrio y pueda estar reinsertado en la sociedad”, afirma.
Para Narcóticos Anónimos, la salud mental ocupa un lugar central porque una desintoxicación física no significa que la enfermedad haya desaparecido. Si no se trabajan las emociones y la dimensión espiritual, puede regresar el desequilibrio y aparecer una recaída.
“Mucha gente trabaja en el frente físico no más. La enfermedad no tiene cura, si no se trabaja en la parte emocional y en la espiritual, que no es religiosa, sino la dimensión interior de la persona. De lo contrario, el desequilibrio puede regresar y provocar recaídas”, explica.
La recuperación, por eso, debe mantenerse en el tiempo. Las reuniones permiten expresar sentimientos, miedos, problemas y falencias, y compartir fe, fortaleza y esperanza. También existe la figura del padrino, un guía que acompaña desde su propia experiencia.
El propósito es que una persona pueda afrontar las circunstancias de la vida sin recurrir nuevamente a las sustancias. La organización señala que incluso pérdidas profundas pueden convertirse en momentos de riesgo si no existe una red de apoyo.
“Si a un adicto se le muere la esposa, un hijo o la mamá, esa emoción puede llevarlo nuevamente al consumo. Pero si cuenta con un programa de apoyo como Narcóticos Anónimos, donde puede expresar sus sentimientos, miedos, dificultades y problemas, y compartir con otros experiencias de fe, fortaleza y esperanza, encuentra un respaldo diario para mantenerse en recuperación”, sostiene el vocero de la confraternidad para SEMANA.
Cuando la adicción entra en el hogar
La enfermedad tampoco se queda en quien consume. Narcóticos Anónimos advierte que una adicción activa puede deteriorar la relación consigo mismo, con la pareja y con la familia. En el caso de los niños, el impacto puede aparecer en forma de miedo, soledad e incertidumbre frente al comportamiento de los adultos.
“Los niños viven con miedo cuando su papá o su mamá llegan bajo los efectos de sustancias. Temen sus reacciones y también padecen la soledad y la falta de afecto de un padre que está consumiendo”, explicó.
La organización también señala que las familias necesitan acompañamiento. Por eso existe Nar-Anon, una confraternidad que coopera con Narcóticos Anónimos y está dirigida a familiares y amigos de adictos.
Proteger a los menores de edad
Cecilia Díez Vargas es abogada especializada en derecho de familia, vinculada a la Universidad del Rosario, donde dirige la maestría en asuntos integrales de familia y la especialización en derecho de familia. También está al frente del área de derecho civil de la Facultad de Jurisprudencia y es conjuez de la Sala de Familia del Tribunal de Bogotá.
Desde el derecho de familia, explica que los menores tienen una protección especial y que cualquier riesgo dentro de su entorno debe ser atendido. “Nuestros niños, niñas y adolescentes son sujetos de especial protección constitucional”, explicó.
Díez Vargas señala que dos principios son fundamentales: el interés superior de los niños y la prevalencia de sus derechos. Cuando los derechos de un adulto entran en conflicto con los de un niño, niña o adolescente, prevalecen los de estos últimos. “Cuando un niño dentro de su núcleo familiar, cualquiera que fuera este, se encuentra de pronto en riesgo, hay que acudir a garantizar sus derechos”, señaló.
Cuando existe una vulneración o amenaza, la ruta puede conducir al Instituto Colombiano de Bienestar Familiar (ICBF), a través de los defensores y defensoras de familia. Estos funcionarios pueden prevenir la vulneración, garantizar derechos y adelantar un proceso administrativo de restablecimiento.
La protección no depende de que exista una agresión física contra el menor. La violencia dentro del hogar, incluso cuando el niño no sea golpeado directamente, puede afectar sus derechos. La abogada explica que en esos casos también puede activarse una acción de protección por violencia en el contexto familiar.
El consumo de alcohol o drogas por parte de los adultos que conviven con menores representa un riesgo para ellos. “Cuando un padre, una madre u otro adulto a cargo consume estas sustancias, sus reacciones y comportamientos pueden alterarse y poner en riesgo a los niños, niñas y adolescentes”, sostuvo.
En estos casos, las autoridades pueden adoptar medidas de restablecimiento de derechos. El Código de la Infancia, en su artículo 53, contempla, entre otras, una amonestación a los padres, un curso ante la Defensoría, el retiro inmediato del niño del núcleo familiar cuando está en riesgo y restricciones a las visitas, incluida la posibilidad de impedir que el menor pernocte con alguno de sus padres.
La decisión debe valorar las circunstancias particulares. Los defensores y defensoras cuentan con equipos interdisciplinarios que permiten analizar el caso desde distintas áreas y determinar cuál es la medida más apropiada.
La discusión sobre las adicciones también exige mirar la salud mental, la recuperación y la protección de los menores cuando el consumo llega al hogar. El reto es identificar la enfermedad, pedir ayuda profesional y siempre proteger a los menores de edad
















